Un piso madrileño de principios de siglo con molduras, espiga y techos altos. Aquí lo antiguo manda y lo nuevo se pone a su servicio.

Cuando una casa ya tiene carácter, el trabajo no es añadir: es no estorbar. Se recuperaron las contraventanas de madera originales, se dejó la espiga a la vista y las butacas antiguas se retapizaron en tono hueso.
Sobre la chimenea de mármol, un óleo grande con marco dorado. A su lado, un carrito de latón y cristal que recoge la luz del balcón — porque si todo es mate, la casa se apaga.
El sofá es greige, no blanco: en una casa con niños, el blanco es una promesa que no se cumple.





Casas donde apetece quedarse.
Rosalía dos Santos
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